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Los cruces de caminos: portales a otra realidad

Lourdes Gómez / Todas las culturas coinciden en señalar las encrucijadas, los cruces de caminos, como espacios conectados con el más allá, enclaves en los que poder contactar con otros mundos, especialmente con el maligno.

En Netflix hay un documental, La encrucijada del diablo, centrado en el mejor artista de blues de toda la historia. Me interesaba la cinta porque la vida del músico Robert Johnson, el protagonista, está llena de misterios. Sin ir más lejos, pertenece al siniestro “club de los 27”, pues murió a los 27 años, al igual que otros grandes de la música como Jimi Hendrix, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Aunque el detalle más interesante es que la leyenda afirma que Johnson vendió su alma al diablo para ser el bluesman más prodigioso que haya existido.

Robert Johnson, según se afirma, habría realizado ese pacto en un lugar propicio para el contacto con el diablo: un cruce de caminos, el de la autopista 61 con la 49, en Clarksdale (Misisipi). Cuento o realidad, artistas contemporáneos al músico afirman que antes de aquel supuesto encuentro diabólico, Johnson era un guitarrista mediocre; tras pasar un tiempo desaparecido, sin embargo, volvió siendo un as en lo suyo. Hay un dato innegable: seis de las canciones de Robert Johnson hablan del diablo e, incluso, una de ellas se titula Crossroad blues -El blues de la encrucijada-. Dice así: “fui a la encrucijada y caí de rodillas, pedí al Señor ten piedad, salva, por favor, al pobre Bob”. Por si esto fuera poco, Robert Johnson falleció en un cruce de caminos en agosto de 1938.

Pero, ¿De dónde surge este interés y el misterio que rodea a las encrucijadas? Cabe señalar que los cruces de caminos son considerados enclaves mágicos en muchas culturas del mundo, pues se tiene la creencia de que, en estos espacios, uno puede conectar con otras realidades. Por ejemplo, en la Grecia clásica incluso deidades como Hermes o Hécate tenían la función de cuidar las encrucijadas. Si nos trasladamos al pasado romano, por otro lado, encontramos que estos construían altares protectores en dichos puntos; además, celebraban las fiestas compitales; compitum significa encrucijada y estas celebraciones tenían lugar, cómo no, en cruces de calles y caminos.

En la Edad Media, algunos ajusticiamientos se llevaban a cabo en las encrucijadas. Se perpetuaba esta macabra costumbre por la creencia de que, si los condenados morían en estos enclaves, no encontrarían el camino a la otra vida. Ya en aquellos tiempos, la Iglesia Católica consideraba que en los cruces de caminos habitaba el demonio, de ahí que una de las decisiones del Concilio de Trento fuera construir cruceros en las encrucijadas de caminos y en las entradas de los pueblos, como forma de santificar estos espacios infernales.

Ahora ya sabes por qué en muchos cruces de calles o caminos hay un altar a una advocación mariana o algún santo. Por qué en la parte superior de las esquinas de los edificios antiguos hay imágenes religiosas… porque en estos puntos exactos uno puedo acceder a las otras realidades.

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