El cuerpo y las emociones mantienen una relación estrecha, pero distintas tradiciones espirituales proponen que existe además un sistema energético capaz de reflejar aquello que una persona vive interiormente. En un nuevo episodio de Relatos de lo Prohibido, Oswaldo Torres conversa con Abril Méndez, de Luz de tu luz, sobre los chakras, descritos dentro de estas creencias como centros o vórtices energéticos distribuidos a lo largo del cuerpo. La invitada relaciona cada uno con determinadas áreas físicas y emocionales: desde seguridad y sexualidad hasta comunicación, duelo, pensamiento y espiritualidad. Estas asociaciones pertenecen a sistemas tradicionales y terapias alternativas; la medicina no considera los desequilibrios de chakras una causa demostrada de enfermedades como asma, trastornos digestivos o problemas de próstata.
La conversación se extiende hacia el aura, que Abril describe como un campo energético flexible que cambiaría dependiendo del estado emocional. Desde su interpretación, pensamientos positivos, oración y bienestar pueden expandirlo, mientras que tristeza o experiencias traumáticas provocarían una contracción. Incluso cuestiona la asociación popular de un color fijo con cada chakra, considerándola una simplificación contemporánea. También aparece el fenómeno conocido popularmente como “se me subió el muerto”, que la invitada interpreta espiritualmente como un desfase entre la conciencia y el regreso del alma al cuerpo. Desde la perspectiva científica, experiencias semejantes son conocidas como parálisis del sueño y pueden ocurrir cuando una persona recupera la conciencia durante la transición del sueño REM mientras permanece temporalmente la inmovilidad muscular característica de esa etapa.
Otro de los temas centrales es el duelo y la relación con familiares fallecidos. Abril recomienda no forzar inmediatamente un supuesto contacto espiritual y considera que alcanzar cierta neutralidad emocional puede ayudar a procesar historias familiares difíciles. Según sus creencias, algunas personas fallecidas podrían permanecer vinculadas a emociones o conflictos pendientes y existirían metodologías energéticas para trabajar simbólicamente con esos vínculos. Independientemente de que se interpreten estas experiencias desde la espiritualidad, la memoria o el proceso psicológico del duelo, aprender a reconocer emociones pendientes puede ser valioso. Sin embargo, ninguna práctica energética sustituye el acompañamiento psicológico o médico cuando el duelo se vuelve persistente, incapacitante o afecta seriamente la vida cotidiana.
La conversación adquiere especial importancia al abordar las crisis emocionales y la prevención del suicidio. Abril propone una poderosa metáfora: antes que terminar con la propia vida, es posible permitir que simbólicamente “muera” una etapa, una rutina o una versión de nosotros mismos para construir algo diferente. Acciones sencillas como buscar compañía, salir a un espacio iluminado, escuchar música o romper momentáneamente una rutina pueden ayudar a atravesar un momento difícil, pero una crisis suicida requiere apoyo inmediato y no debe abordarse únicamente mediante prácticas espirituales o autosanación. Hablar con alguien de confianza y buscar atención profesional o servicios de emergencia puede ser decisivo cuando existe peligro inmediato.
Finalmente, Abril Méndez defiende la autosanación como una forma de recuperar responsabilidad sobre el bienestar personal. Prácticas como respirar, meditar o colocar las manos sobre determinadas zonas del cuerpo pueden utilizarse como recursos de relajación si resultan reconfortantes, sin atribuirles la capacidad de tratar enfermedades por sí mismas. Para la invitada, el verdadero trabajo comienza cuando una persona se atreve a mirar su historia, reconocer aquello que le duele y modificar patrones que continúa repitiendo. Relatos de lo Prohibido plantea así un punto de encuentro entre espiritualidad y cuidado emocional: más allá de creer o no en chakras y campos áuricos, escuchar lo que sentimos y pedir ayuda cuando la necesitamos también puede convertirse en el comienzo de una transformación.


